¿Por qué nos importa tanto la intimidad de Wanda, Icardi y la China Suárez?

¿Será cierto el argumento que como personas y como sociedad estamos a la defensiva y entonces hay lugar para tomar partido?

LA NACIÓN por Mariela Mociulsky

¿Por qué nos quedamos pegados a la vida amorosa de un futbolista, una cantante y una conductora de TV? ¿Qué buscamos cuando le damos play a los audios de sus hijas, o nos devoramos sus chats filtrados?

Es la era del amor líquido, un término acuñado por Zygmunt Bauman en el libro Amor líquido, acerca de la fragilidad de los seres humanos (Ed. Fondo de Cultura Económica). Con este concepto, el sociólogo y filósofo polaco retrata el tipo de relaciones interpersonales de la posmodernidad que se caracterizan por la falta de solidez del pasado y con un compromiso diferente al tradicional, tanto dentro del amor romántico como del resto de intercambios emocionales.

El escándalo del verano que protagonizan las celebridades, sus hijos, sus ex y sus círculos familiares se inscribe dentro de lo que Bauman califica como inmediatez relacional. El goteo de relatos cruzados que las redes se encargan de viralizar ubica a este triángulo -como a otros en situaciones similares- en un melodrama de la intimidad que llena las pantallas, viaja por Instagram, X y TikTok y sigue su circuito por debates entre pantallas y grupos varios. Es un show al alcance de la mano que nos interpela, tal vez porque nos cuestiona el tipo de pareja que queremos, la relación a la que aspiramos, la que tuvimos, la que funcionó o la que fracasó.

Seguidores y detractores dirimen sus posturas con comentarios a favor y en contra que llenan la gran arena pública de árbitros del amor, o del desamor. El público de este espectáculo asume el rol de opinador casi serial de los avatares mediáticos. Reproches, reconciliaciones, trapitos al sol: mucho material que día a día se actualiza y le da un giro a la historia.

¿Será cierto el argumento que como personas y como sociedad estamos a la defensiva y entonces hay lugar para tomar partido? ¿Son tiempos del descarte prematuro que se extiende desde los objetos que hay que reemplazar, hasta los sujetos, las personas, que se saben también posiblemente descartables? Este cambio de paradigma se observa claramente en las esferas de los consumidores y las marcas. En este gran paraguas, el amor romántico y edulcorado le cedió el podio a cierto desapegoAhora todo puede quedar obsoleto. Lejos quedaron las imposiciones del linaje, los legados materiales que impulsaron uniones en otras épocas.

Ahora, los nuevos formatos afectivos imponen su propia agenda. Ya nada es para siempre, pero flota en el aire la sensación de nostalgia, se activa el deseo por encontrar a la media naranja aún en tiempos de turbulencia emocional. Hoy hay tantas parejas como formas de amar diversas. Por eso vivimos una época donde cambiaron las reglas de juego. También cambió el contexto y se reformularon los valores y preocupaciones tanto acerca del bienestar como de la elección de los estilos de vida.

Gestionar las emociones, equilibrar las sensaciones y generar anticuerpos para sobrellevar la incertidumbre impacta directamente en la calidad de los vínculos actuales.

Se reconfigura el amor, un sentimiento que se extiende más allá del tema del verano que foguean venganzas y reproches en exposición. Porque el triángulo con más likes del momento cruzó, por lejos, la frontera entre lo público y lo privado para elevarse a la categoría de objeto de consumo cultural.

Las relaciones por internet son para Bauman un modelo de superficialidad en las que se conecta y desconecta (el ya famoso ghosting) con poderosa facilidad. Las relaciones basadas en el ámbito digital culminan para el autor en una inmediatez relacional, no basada en vínculos sino en la utilidad.

Fechas como San Valentín, que celebra el 14 de febrero al amor en todo el planeta, invitan a reflexionar sobre los nuevos formatos afectivos en constante transformación.

Bajo las mismas aguas, las marcas deberán interpretar estas nuevas dinámicas que implican categorías menos rígidas, abandono de lo tradicional, límites que se sobrepasan, búsqueda de libertad y funcionalidad.

Ya nada es lo que era. Amor líquido en su máxima expresión para la vida y el consumo: se explora, se usa, y si no es funcional, se tira. ¿Vivimos con miedo al desamor? En tiempos de descartes vinculares, se lee en la sociedad una búsqueda de intensidades.

Son las dos caras de la moneda: Ahora la flecha de Cupido cambia de dirección, pone en blanco sobre negro el valor de elegir, la libertad de esa elección.

Es también válido para el amor a las marcas, hablar el mismo lenguaje que los consumidores en permanente búsqueda, con las certezas y contradicciones que implica encontrar el amor ¿verdadero?.

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